China, por Nikos Kazantzakis

"Del monte de Sinaí a la Isla de Venus"- Nikos Kazantzakis - Capítulo V - China

Resumen: Apuntes de viajes de Nikos Kazantzakis, versión completa. Traducción: Andrés Lupo Canaleta.

Japon,China-KazantzakisEl gigante asiático es abordado en esta ocasión por Nikos Kazantzakis quién al iniciar el capítulo nos muestra una fiesta de una acaudalada familia donde además del abundante festín se representa una obra teatral, una de las grandes pasiones de los Chinos.

Pueblo creativo, culto y milenario hay que observarlo con gran respeto. Cuando se escribieron estas páginas aún no gobernaban los comunistas. Para mostrarnos los gigantescos contrastes de esta nación, Kazantzakis nos traslada después a una paupérrima aldea china, donde las personas sobreviven en una marginalidad escabrosa. Es 1935. La revolución se disemina en forma subliminal ya por todo el territorio chino.

En la segunda parte de este reportaje el autor nos traslada al mundo artístico y espiritual de ese país que lo deslumbra por la pureza y grandeza de su intelecto y en particular, por su filosofía. Allí puede palpar el valor del budismo que lo hipnotizó durante su juventud. La intensidad de esa filosofía que al llegar a su mayor grado de perfección es una de las escasas escuelas espirituales que permite que los seres humanos accedan a la ARMONIA en la vida,

Para ahondar acerca de las experiencias vividas por el escritor griego en el Japón y la China es recomendable leer una de sus obras más delicadas y hermosas redactadas en una prosa poética inigualable:”El Jardín de las Rocas”.

Xrisí Tefarikis, periodista y docente.
Santiago, 11 de Febrero, 2007

TEATRO CHINO

La noble dama Lau-Li celebra hoy su noventa cumpleaños. Su bisnieto, el diplomático al que conocí en el curso de un banquete, me ha telefoneado esta mañana a primera hora.

-He aquí para usted una excelente ocasión de asistir a una fiesta familiar china- me ha dicho-. Mi bisabuela celebra sus noventa años. Pasaré a recogerle. Podrá presentarle sus deseos de larga vida. Lleva una trenza falsa y su menudo pie está deforme, como a usted le gustan. Sobre todo, no olvide decirle una palabra amable acerca de su belleza. Estará muy contenta y puede ser que le regale un abanico de seda.

La casa de la anciana china es inmensa y no tiene más que una sola planta. Como en todas las casas del país, a la entrada, un delgado tabique, apenas mayor que un biombo, impide que los ojos miren al patio. Es el célebre Ig-Pey, el escudo que defiende a la casa de los malos espíritus. Ya que los malos espíritus, al no poder caminar en línea recta, están obligados a retroceder cuando encuentran esta pared. ¿Quiénes son estos malos espíritus? Muy probablemente se trata de las miradas de los transeúntes. Detenidas por el famoso Ig-Pey, no pueden llegar hasta las mujeres que se encuentran en el interior.

Por lo que respecta a nosotros, damos la vuelta al pequeño tabique y llegamos a un amplio patio abundantemente adornado. Clavadas encima de bambúes o de estacas en las paredes, en los árboles y en las ventanas, flotan largas cintas rojas que llevan inscripciones en letras doradas.

-Son las felicitaciones que ha recibido la anciana -me explica el diplomático-. En ellas han escrito:”Juventud externa”, o “Que puedas también ver al hijo de tu bisnieto”, o también: “Que tu vida sea larga como la de una viña fecunda”.

Sus hijos y nietos se adelantan para recibirnos.

-En total somos ochenta y dos, los ochenta y dos sarmientos de esta vieja viña -me murmura el diplomático-. Un verdadero viñedo.

Entramos en el salón. Mesas grandes y pequeñas, cortinas, divanes… Estamos lejos de la divina sencillez japonesa. En un imponente sillón, guarnecido con numerosos almohadones, ocupa el trono la abuela china, encantadora, mujercita amarilla, cuya cara parece una vieja fruta. Una de sus bisnietas, situada detrás de ella, mueve un abanico de plumas de avestruz. A sus pies están sentados dos amigos, dos viejos arrugados, de vidriosos ojos. Su mirada brilla mientras que la ligera corriente de aire provocada por el abanico levanta graciosamente los rizos de su frente y de sus sienes.

Mi amigo me presenta:

-Es griego- le dice inclinándose ante ella como si tratara de un ídolo-. Ha venido para saludar a vuestra vejez en flor.

La anciana gruñe algunas palabras incomprensibles.

-Pregunta -me explica mi amigo- lo que significa griego.

En este preciso momento se oye una especie de cornamusa acompañada por un fuerte redoble de tambor. Se abre una puerta, que da a una sala más grande, en donde se apretuja una multitud de invitados. En el fondo se puede ver un estrado con un telón.

- ¿Qué es esto?

-Al no poder ir la anciana al teatro, éste ha venido a ella- contesta mi compañera-. Se representarán algunas comedias cortas, para hacerla reír, y luego se dará una comida en el patio y los fuegos artificiales arrojarán a los malos espíritus. Vamos a sentarnos: la representación está a punto de empezar.

Se hacen circular bandejas: té, dulces, frutas, limonadas. Delante del escenario, un cartelón dice:” Considerad esta representación tal como la oigáis: verdadera o falsa. Así es la vida”.

Se levanta el telón y dos muchachos vestidos de chicas empiezan a maullar alegremente. Entra un hombre joven armado con una larga espada y con la cabeza adornada con plumas Las “chicas” se arrojan sobre él y lo abrazan. Comienza un juego amoroso mediante el cual las dos rivales intentan ganar el corazón del hombre joven. Una es delgada, con largas piernas, como una cigüeña. La otra, pequeña, gordita como una codorniz. El desgraciado no sabe cuál elegir. Cuando mira a la delgada, desea a la gordita. Por esta causa, desesperado, coge su espada y se mata.

El arte y la gracia de los actores son únicos. Sus cuerpos saltan muy alto, como si fueran pelotas de goma, cada vez que tocan el suelo. No existe pueblo más ligero, más prestidigitador y acróbata. Los chinos han vencido la ley de la gravedad. En Nankín vi a una mujer que, a pesar de sus pequeños pies mutilados, saltaba con una soltura sorprendente una cuerda tensa.

-El chino tiene cuatro pasiones- me dice mi amigo-: los juegos de azar, la mujer, el hachís y el teatro. Y todas estas pasiones tienen su origen en el deseo de escapar de la vida real, de proporcionar alas al prosaísmo diario. El chino sufre privaciones durante toda su vida. No le queda, pues, más que la embriaguez y la ilusión. Se emborracha con la esperanza de la fortuna o de la mujer, con el sueño o con la poesía. Así, cuando una compañía de cómicos pasa por un pueblo o por una pequeña aldea, los habitantes abandonan el trabajo para transportar mesas, esteras y bancos a la plaza en donde se levantará el escenario del teatro. Desembarazados de sus preocupaciones diarias, se abandonan, con los ojos semicerrados, al hechizo de las palabras, de la música, de los colores, a la santa ilusión de los tablados. Las escuelas cierran y los campesinos de las aldeas próximas acuden vestidos con sus mejores trajes. Todos los hogares del afortunado lugar en donde se ha detenido la compañía dan hospitalidad a los visitantes. No queda ni una sola gallina en el gallinero, los huertos son devastados y todas las provisiones del año consumidas en una semana. Pero el chino acepta esta ruina ya que la alegría de ver teatro es más fuerte que su avaricia. La gran alma china, la mística, la oriental, aquella para la cual el mundo es un espectáculo, se despierta entonces y ahoga todo razonamiento. Sabe bien, que, en este espectáculo, encarnamos los papeles para los que hemos sido creados: unos interpretando a la mujer, otros al hombre o los dos a la vez, otra vez el de idiotas, héroes, mendigos.

Mientras mi amigo habla, yo sueño en todas las escenas que he visto paseando por las calles chinas.

El amor por el teatro es muy profundo en este país. Veamos un ejemplo: dos chinos se pelean en medio de la calle. Al instante se agolpan los espectadores a su alrededor. Los protagonistas miran a la muchedumbre con orgullo, arrojan lejos sus gorros, se arremangan y la representación empieza. Cada uno de ellos proclama su derecho con pasión. Se golpea el pecho, se arrodilla, pide justicia. Pero da menos importancia a esta justicia que a otra necesidad más profunda: la de “salvar la faz”. Lo esencial es tener razón en apariencia y recoger aplausos. Un mandarín fue condenado a ser colgado. Adivinad cuál fue su última voluntad. ¡Vestirse con su mejor traje! Para “salvar la faz…”

Entreacto. En el patio de la anciana china circula la bandeja llena de vasos y de entremeses. Los rostros de las mujeres son radiantes y, de vez en cuando, se descubre, una rodilla desnuda. El crepúsculo penetra lentamente por la puerta abierta como si fuera un monje de Buda vestido con un hábito anaranjado. Se oye de nuevo el oboe y los tambores. Esta música estridente, que recuerda los gritos de los gatos enamorados, me resulta insoportable. Resignado, me siento en un ángulo del patio. Uno de los viejos amigos de la bisabuela, que ha salido para tomar el aire, se da cuenta de mi presencia y se me aproxima sonriendo. Iniciamos la conversación. Habla un curioso francés pasada de moda, que aprendió cuando fue Embajador de China en París, hace ya mucho tiempo. Le hablo de los asuntos relativos a la situación política de su país. Desde hace algunos días, en efecto, llegan telegramas inquietantes. Los comunistas que se encuentran en la lejana región de Seu-Tchuan avanzan hacia el norte en dirección a Pekín. También los japoneses procedentes de Manchuria se dirigen en línea recta hacia la capital.

-¿No tiene miedo?- le pregunto al anciano.

Pero él sonríe y contesta:

Después de un breve silencio, continua:

-Usted sabe que el elefante cobija una multitud de parásitos en las arrugas de su cuerpo. De vez en cuando, unos pájaros de una determinada especie se posan sobre él y lo libran de esos parásitos comiéndoselos. China es este elefante.

-Pero, por lo menos, temen a sus otros enemigos, mayores todavía: los Espíritus, diría yo, de la Inundación. Hace apenas algunos años que el Yang –Tse se desbordó y treinta millones de personas perecieron ahogadas.

El anciano me mira y se encoge de hombros sonriendo.

- ¿Qué son treinta millones? China es eterna.

EN UNA ALDEA CHINA

Un día fui a una pequeña aldea china para probar mi resistencia física y moral. En medio de una inmensa llanura gris, chozas de barro, almiares de heno, y todo ello atravesado por una lenta corriente cenagosa. Hombres y mujeres semidesnudos, sumergidos hasta la cintura, transportan cubos de agua y riegan los campos plantados de arroz. Cerdos y niños se revuelcan con alegría en el cieno. Una carroña de perro, en la corriente de agua, se está pudriendo llena de gusanos y devorada por los cangrejos. Junto a la carroña, bajo el sol ardiente, unos chinos duermen con la boca abierta, mientras por entre sus dientes separados y amarillos circulan las moscas.

Yo camino con paso rápido tapándome la nariz. Al llegar a la plaza de la aldea veo una docena de chinos que fuman hachís tumbados encima de sus esteras. Sus ojos son vidriosos y brilla la piel de sus delgados brazos. Nadie habla. Todos están sumergidos en un delicioso anonadamiento. En medio de esta miseria, el hachís- como para otros la religión, el ideal, el amor o el vino- es la única puerta de salvación. Les permite olvidar su vida desgraciada, entrar en un mundo mejor y transformar la terrible realidad en un sueño maravilloso.

Ciertamente que la muerte llega aprisa, pero el hachís ha tenido tiempo de proporcionarles el único consuelo el único consuelo, la única alegría que ellos pueden gustar en este bajo mundo. Si las droga les llegase a faltar, la vida sería un interminable tormento.

-¿Porque fumáis hachís?-le pregunté un día a un coolie que me llevaba en su cochecito.

Me miró con sus ojos tristes y ya vidriosos.

Y paseando por esta terrible aldea en donde no hay un rostro sonriente, ni un tiesto de flores, ni un pájaro; pienso que, en efecto, la vida es dura. Delante de cada puerta se pueden ver dos cubos conteniendo inmundicias humanas y de vez en cuando, un rostro inquieto aparece para vigilar los cubos que un vecino podría robar. Cuando están completamente llenos los cuelgan a los extremos de un grueso bambú y los transportan a los campos, en donde los desparraman sobre el arroz.

Niños desnudos y cubiertos de barro, como pequeños cerdos levantados sobre sus patas traseras, se agrupan a mi alrededor. Unos me sacuden, otros me tocan y finalmente otros esconden piedras en sus manitas. Sus ojos están llenos de odio. Si sus miradas tuvieran el poder de matar, sería hombre muerto. Lanzando agudos gritos, me enseñan los carteles rojos pegados en las paredes, donde se destacan gruesos caracteres negros. ¿Qué pueden significar estas letras? Despego subrepticiamente uno de los papeles y me los meto en el bolsillo. (Más tarde, en Nankín, se me explicó que aquello quería decir:”Muerte a los extranjeros”)

Pienso tener la ocasión de probar mi resistencia. ¿Seré capaz de superar el horror que experimento? ¿Podría permanecer en esta horrorosa aldea uno o dos años sin libros, sin lápiz, ni papel, sin cartas de amigos? ¿Podría separarme, sencillamente, con valor, pacientemente, de todo lo que amo para vivir en este barro y en esta hediondez? Cuando finalizara la prueba, sería una bestia o un santo.

A lo largo de las calles se arrastran mendigos que lo registran todo, buscando algo que robar o comer. Sus inquietos ojos vigilan las puertas. Van cubiertos con andrajos o casi desnudos, y llevan los riñones liados con un tejido de paja. Zapatos, hechos jirones, cohombros, cortaplumas, latas de conserva, campanillas, todo lo que poseen está colgado a una cuerda que les sirve de cinturón. Viejos y viejas, jóvenes, chiquillas, cojos, mancos, leprosos, ciegos, se abaten sobre las aldeas a bandadas, limpiándolo todo a su paso. Algunos, debilitados por la falta de alimentación todo a su paso. Algunos, debilitados por la falta de alimentación, se desploman inanimados. La hediondez y el hambre son las dos grandes divinidades de China, Confucio, Lao-Tsé y Buda no cuentan con tantos fieles como estos dos azotes.

-No hay que compadecerlos -me dijo un día un chino-. No son tan desgraciados como usted supone. Si pudiera verlos por la noche cuando se acuestan, quedaría sorprendido. Todo son risas, cantos, amor y hachís, sin hablar de los juegos de azahar, a los que son muy aficionados. Se juegan todo lo que tienen: un puñado de arroz, sus harapos, sus mujeres, sus hijos y cuando lo han perdido todo, se juegan uno de sus dedos u otro pedazo de su carne.

“El Infierno tiene también sus alegrías -pensé entonces-. Quizá más ardientes, seguramente más humanas que las del Paraíso.”

Era casi de noche cuando descubrí, a un extremo de la aldea, una pequeña pagoda budista construida en madera. ¿Y si pasara la noche en ella? Tenía en mi bolsillo algunos plátanos y dos manzanas. Me senté en los peldaños del templo y distinguí en el fondo, en una hornacina, una pequeña estatua de Buda tallada en madera dorada rodeada por una veintena de manos que le bendecían, le amenazaban u oraban.

“¡Cuántos caminos ha inventado el hombre para transformar el hambre en satisfacción!”, pensé.

Buda no es más que un aire puro, alimentado por millones de almas y el hachís permite evadirse y esperar el mundo del sueño.

Existen varios peldaños de iniciación y varias maneras de entrar en éxtasis y de olvidar su yo odioso: el primer peldaño, el más bajo, es el vino, y el hachís; el segundo es el amor, el tercero el ideal, el cuarto, la fe y el quinto, el más elevado, es la creación del espíritu. Cada uno de nosotros sigue su propio camino en la medida de sus posibilidades.

-¿En qué piensas?- pregunta una voz aguda detrás de mí.

Me vuelvo y veo un monje cojo cuya boca ostenta un solo diente.

-¿Qué has venido a hacer en nuestra aldea?- me preguntó en inglés.

-A ver…

-¿A ver qué? ¿El polvo, la miseria, los piojos?

Entra en el templo y regresa poco después llevando un gongo negro y brillante.

-¿Tienes dinero?- me pregunta-. Lo vendo.

La vibración se extiende, dulce, profunda y apacible. Con el oído atento escucho el sonido que se extiende dulcemente. Cojo el gongo y empiezo a acariciarlo. Fino como el nácar, con discretas ondulaciones, da a la mano que lo acaricia una sensación voluptuosa.

El monje me mira maliciosamente, se da cuenta de que muerdo el anzuelo.

-Es un viejo gongo de este templo -dice-. Ya no se fabrican iguales. Antes, fundir metal era un acto religioso. Los herreros eran personajes sagrados, ascetas; casaban los diferentes metales, machos y hembras. En los fuelles trabajaban chicos y chicas. Hoy en día los herreros ya no son estimados. Nadie tiene fe, ya no se fabrican buenos gongos. Peor éste es antiguo, cómpralo.

-No te pertenece -exclamo yo-. ¿Cómo puedes venderlo?

-Pertenece a Buda- contesta el monje astuto-.”Todos no hacemos más que uno”, dicen las Escrituras. Yo soy, pues, Buda, y el gongo me pertenece. Guárdalo.

Compré el objeto con salvaje alegría y me lo puse bajo mi cabeza a guisa de almohada. Toda la noche me pareció oír el ruido de innumerables multitudes chinas.

* * *

Al no haber podido lanzar más que una rápida e impaciente ojeada, quedé insatisfecho. Entreví el inmenso cuerpo de China como un relámpago. Luego todo el Extremo Oriente se sumergió en las tinieblas.

¿Qué es lo que ha quedado? A mí me gusta, al final de cada empresa espiritual, realizar, como un comerciante, el balance de pérdidas y ganancias. ¿Qué ha quedado de esta furtiva incursión? Hormigueros de hombres, de mujeres y de niños; pies de mujeres deformados, hediondez humana y perfume de glicinas, conventos y burdeles flotantes, olores espesos y pegajosos de jazmín, de incienso y de excrementos humanos…

Y detrás de esta máscara real que he podido tocar, un confuso rostro lejano, canciones tristes, viejos ascetas que, sentados con las piernas encogidas, al borde del abismo, miran serenos, con una inmutable sonrisa sobre los labios, la nada… Hoy se han refugiado en las imágenes con tejidos de seda y sus labios no son más que un ligero trazo de pincel pintado.

Y yo tengo los ojos llenos de lágrimas, de lágrimas de alegría. El espíritu tamiza las sensaciones y arroja al olvido todas las que son inútiles y peligrosas para no mirar más que aquellas que puede asimilar sin peligro, con el fin de impedir que la anarquía reine en su estrecha región disciplinada. El espíritu es un codicioso comerciante que exige, después de cada viaje en donde el alma ha conocido riesgos, obtener todo el beneficio.

Le arrojamos algunas piezas de cobre chinas para que se calle y, lejos de las ganancias y de las pérdidas, conservemos para el alma, que es noble y desinteresada, el mayor de los trofeos: el Buda de alabastro que vimos un día en un templo de Pekín.

Subid una alta escalera, y llegaréis a un jardín colgante y entonces, a lo lejos, oiréis el tintineo de campanillas, como si algún rebaño pasase por los alrededores. Seguid adelante y descubriréis en seguida un templo bajo de madera, cuyo techo está guarnecido de campanillas… En el interior hay tanta oscuridad que tendréis que caminar a tientas. Pero experimentaréis una agradable sensación de frescura. Afuera, sol ardiente, nubes de polvo, gritos desordenados, mendigos hediondos y cubiertos de llagas, gentes que se ponen en cuclillas, sin pudor, por los rincones; todo el aliento sucio y sagrado del hombre. Y bruscamente, en este templo, silencio, frescor, perfumes… Y pensaréis:”Buda no es otro que éste, no pido otro”.

Un monje de cuya presencia no me había enterado porque estaba en un hueco, enciende la luz eléctrica. Entonces aparece Buda en el fondo del templo, tallado en traslúcido y precioso alabastro, vestido con una túnica carmesí que deja al descubierto su blanco pecho, en plena juventud, fresco y sonriente. Jamás estatua alguna me ha dado una alegría tan grande. Más que alegría lo que experimento es una especie de redención. Tengo la sensación de haber sido liberado de mi yo obsesivo y de haber roto la barrera que me separaba de la nada. Lo que la danza, la música y el espectáculo del firmamento me habían dado por sí solos hasta este día me lo ofrecía esta preciosa e inmutable materia.

La primera emoción que se apodera de vosotros a la vista de este Buda es una sensación de alegría semejante a la que experimenta el nadador cuando une sus brazos, pone en tensión sus pantorrillas, se levanta sobre la punta de los pies, busca durante un breve instante el equilibrio y se arroja al mar. Así caéis en este alabastro y os perdéis en él.

Os parece nadar sin ruido, como en sueños, en aguas verdes y transparentes, bajo el claro de luna. Por primera vez comprendo las enseñanzas de Buda. ¿Qué es el nirvana? ¿Extinción perfecta o absorción en el alma universal? Después de dos milenios, los sabios y los teólogos discuten, comentan y analizan, esforzándose en encontrar la significación del nirvana. Pero ante este Buda de alabastro vuestro espíritu se inunda de certidumbre. Vivís el nirvana: ni extinción ni eternidad. El tiempo y el espacio desaparecen, el problema cambia de aspecto para alcanzar su forma más elevada, que excede las posibilidades de la palabra humana. Delante de esta estatua de Buda, el cuerpo se refresca, el corazón se dulcifica y el espíritu se convierte en una lámpara tranquila en la nada. Hasta entonces, esta lámpara se agitaba en una tempestad de pasiones, iluminando glorias, intereses, rostros amados, patrias… Y de repente, a la vista de este Buda, vuestro espíritu se apaga. Mejor dicho, no se apaga, se convierte en el mismo Buda.

Durante horas, permanezco inmóvil mirando este corazón del mundo, tallado en un trozo de alabastro. Y me doy cuenta de que aquí, en esta fuente de luz, en este mármol fosforescente, convergen todos los rayos de la tierra. Todos los esfuerzos del hombre.

Cuando salí del templo, el sol ya estaba bajo en el cielo, que empezaba a teñirse de oro y verde. Me apoyé un momento contra un árbol del jardín para dar a mi alegría tiempo de sosegarse. Mi espíritu era semejante a un escarabajo dorado que, habiendo pasado la noche en una flor de lis, sale de ella empolvado de precioso polen.

De repente descubrí, en el centro del jardín, un pedestal de mármol con molduras verdes, malvas, blancas y rosas. Me aproximé y vi. que estaba adornado por una escultura que representaba una cacería salvaje y se distinguían bien los perros, caballos jabalíes. Este abigarrado bloque de mármol debió de ser en otro tiempo el pedestal del Buda de alabastro. Pero como no cabían ambos en la pequeña capilla, los habían separado. Y ahora, sobre el pedestal en el centro del jardín, se levantaba solamente el vacío, la última y definitiva estatua del Buda esculpida en la Nada.

Durante mucho tiempo, confuso, noté la invisible presencia del dios sobre el pedestal. Me acordaba del concierto casi mudo e inmaterial que había oído la antevíspera en una casa señorial china.

* * *

Una gran sala apenas iluminada. Somos una docena de silenciosos invitados. En el fondo, una tribuna tapizada de seda gris. Aparecen los músicos, saludan, y toman asiento. Algunos llevan un pequeño tambor, otros un laúd chino de siete cuerdas, el sin, y otros una especie de lira antigua. Dejan en el suelo una inmensa arpa de veinticinco cuerdas, la so. Dos jóvenes llevan cada uno una larga flauta.

El anciano dueño de la casa esboza el ademán de golpear sus manos, pero sus palmas se detienen justo antes de tocarse. Esta es la verdadera señal que abre este sorprendente concierto mudo. Los violinistas levantan sus arcos y los flautistas ajustan sus instrumentos entre sus labios mientras que sus dedos se desplazan rápidamente por los agujeros.

...Profundo silencio... Los arcos se agitan por encima de las cuerdas sin rozarlas, los platillos se detienen dulcemente antes de tocar la piel de los tambores; el arpista, inclinado sobre el arpa, pasea lentamente sus manos y se para de vez en cuando, con aire arrobado, para escuchar el silencioso sonido. No se oye nada.

Como si tratara de un concierto que se da muy lejos al lado de las sombras, sobre la otra orilla de la vida, y en donde, no obstante, se ve cómo los músicos tocan en inmutable silencio.

Tuve miedo. Miré a mi alrededor. Los invitados, con los ojos fijos en los instrumentos de música, se hallaban sumergidos en la inaudible armonía. Seguían los movimientos de los ejecutantes, los perfeccionaban en su interior y la música muda brotaba en su alma. Una especie de señal había sido dada a la cual cada uno dejaba su corazón en libertad para perfeccionar lo imperfecto y alcanzar la cumbre de la voluptuosidad.

Cuando el mudo concierto hubo terminado, me incliné hacia mi vecino y le pregunté. Este contestó sonriendo:

-Para los oídos ejercitados, el sonido es superfluo. Las almas libres no tienen necesidad de acción. El verdadero Buda no tiene cuerpo

* * *

Es cierto. El verdadero Buda no tiene cuerpo. Miro el pedestal vacío del jardín y, con las osadías más silenciosas e indecibles de mi espíritu, creo la estatua de Buda.

“Cuando un pueblo- me digo- llegue después de miles de años a la cúspide más elevada de la civilización humana, estatuas parecidas se levantarán en medio de las plazas. Un pedestal con un nombre y nada más. El espectador superior esculpirá la estatua con sus ojos en el mármol y a su manera.

“Estatuas invisibles, música silenciosa, he aquí las más grandes flores que, un día, brotarán de la raíz fangosa de nuestro cuerpo. Cuando el hombre consiga desembarazarse de la bestia”.

Bendita sea esta China sucia, pues ella es el único país del mundo que, desde ahora, nos permite presentir con cierta vanidad lo que será la humanidad futura”.

Otros capítulos de "Del Monte Sinaí a la Isla de Venus, apuntes de viajes", de Nikos Kazantzakis:

  1. Mi compañera pantera
  2. El Monte Sinaí
  3. Panait Istrati encuentra a Gorki
  4. El Japón
  5. China
  6. España: - Avila - Toledo - Córdoba - Granada - Salamanca
  7. Shakespeare
  8. Grecia

Nikos Kazantzakis, un pensador de nuestro tiempo: Conferencia de George Stassinakis, Presidente de la "Société internationale des amis de Nikos Kazantzakis"