Cordoba, Kazantzakis

Córdoba segun Kazantzakis

Resumen: Apuntes de viajes de Nikos Kazantzakis, versión completa. Traducción: Andrés Lupo Canaleta.

Córdoba

Puente Romano Cordoba Las cadenas de colinas que se descubren al abandonar Toledo son desérticas, doradas e inhabitables. Tienen a la vez el encanto del Ática y la desnudez de Arabia. Un castillo medieval se levanta en la más alta cima. Su deteriorada fachada tiene grandes aberturas y por sus muros trepa la hambrienta hiedra, su último enemigo. En un pueblo, una pequeña iglesia, con un blanco y fino campanario, causa desde lejos la impresión de una oca que, con el cuello extendido, baja la pendiente, seguida por todas sus compañeras: las casas. Y mientras el tren lanza humo, el rebaño se anima y corre en sentido opuesto.

De vez en cuando, piedras blancas brillan sobre la tierra roja como flores de rosal silvestre. No hay sombra alguna, sino que por todas partes se extiende una luz perpendicular. De pronto, en un altozano, descubro el primer molino de viento. En pie, inundado por el sol, con su rueda semejante a un escudo, se diría que verdaderamente se trata de un guerrero de la Edad Media cubierto con su casco gris y revestido con su armadura. Entonces comprendo por qué Don Quijote tomó por gigantes a estos molinos.

Luego, al otro lado de la colina, aparece un ejército de molinos. Junto a una estación, un pequeño río salta cloqueando de piedra en piedra.

Un joven soldado, corto de talla y de cabello negro, que ha terminado de comer y beber, se acoda a la ventanilla del tren y se pone a cantar. Es un canto apasionado, un canto de amor y de muerte, una melodía monótona, pero desgarradora. La voz asciende, suplicante como las voces de los almuédanos cuando llaman a los fieles desde lo alto de los alminares. Una vieja canción mora de los tiempos en que árabes y judíos no habían abandonado todavía Andalucía, renace en los labios cristalinos del soldado de los cabellos negros:

Esta noche he soñado

un sueño del alma mía

he soñado con mi amante

y abrazado lo tenía.

De pronto vide una dama

toda de blanco vestida,

y era su pálida cara

más fría que nieve fría.

“¿Cómo estás aquí, mi amada,

Cómo viniste, alma mía?

En la casa, bien cerradas

puertas y ventanas tenía.”

“¡Oh, Muerte inexorable,

déjame vivir un día”.

“Un día no puedo darte,

una hora te daría.”

“Yo no soy tu amante, amado

soy la muerte y Dios me envía.”

Para salir a la calle

él se vistió a toda prisa.

“Abre la puerta, paloma,

ábrela, paloma mía”

“No puedo abrirla, mi madre

no se durmió todavía”.

“Si no la abres esta noche

jamás ya me la abrirías,

que la Muerte me persigue

y se me acaba la vida”.

“Te echaré por la ventana

un cordón de seda fina.

Si no basta, mis cabellos

te arrojaré, vida mía”.

La fina cuerda se rompe

y ya la Muerte venía.

“Sígueme, amado, la hora

que te di aquí se termina”.

Escuchando esta amarga melodía alcanzamos las fragantes llanuras andaluzas. El paisaje se hace menos salvaje, se atraviesan pueblos y se ven huertos. Redobla el calor y el departamento huele a comida, fruta y sudor. Los sombreros se multiplican, los ojos son cada vez más lánguidos, las narices, cada vez más aquilinas y las fajas cada vez rojas. En un pueblo asentado sobre una tierra gris, aparece una mujer ante la puerta de su sombría casucha. Lleva un mantón púrpura en los hombros y todo el paisaje parece acuñado por un maravilloso sello, un sello real de cera carmín. Prodigio del que se puede disfrutar tanto en España como en Oriente. Uno se ahoga y de pronto un color, un olor inesperado de jazmín, o una canción alegran el corazón y hacen olvidar las cuitas.

Nuevos viajeros, en su mayoría campesinos, suben sin cesar al tren. Tienen gruesos labios y sus afeitadas cabezas están quemadas por el sol. Cáscaras de melones, sandías y pieles de plátanos se arrastran con los pies. Se traba conversación. Mujeres tocadas con pañuelos negros ríen; ancianos silenciosos, descarnados como apóstoles martirizados, miran el suelo, con la barbilla apoyada sobre su bastón. Nadie lee, ni siquiera un periódico. En estos ojos andaluces veo vivacidad, gracia, el reflejo de una civilización espontánea, pero no veo ninguna curiosidad intelectual, ninguna inquietud.

Aparecen las primeras palmeras. Esbeltas, altivas, se recortan en un cielo muy azul. Ahora se multiplican los árboles frutales, los jardines embalsaman, los laureles rosados surgen por todos partes. La impaciencia por llegar hace que las horas sean interminables. ¿Cuándo llegaremos a Córdoba? Asomado a la ventanilla, recito a media voz los versos de Lorca:

Córdoba.

Lejana y sola.

Jaca negra, luna grande

y aceitunas en mi alforja.

Aunque sepa los caminos

Yo nunca llegaré a Córdoba.

Por el llano, por el viento

jaca negra, luna roja.

La muerte me está mirando

desde las torres de Córdoba.

¡Ay qué camino tan largo!

¡Ay de mi jaca valerosa!

¡Ay que la muerte me espera,

antes de llegar a Córdoba!

Córdoba

Lejana y sola.

Pienso en la civilización mora de España, esta dulce y tierna civilización, llena de ardor humano. Andalucía era un jardín atravesado por innumerables canales en donde se cultiva el arroz, la caña de azúcar y el algodón. A los moros les gustaba la tierra, los árboles y las flores. Fueron ellos los que importaron a Europa la camelia, el jazmín, el albaricoque, el melocotón, la naranja y el dátil. Por lo que se refiere al hierro y al cuero, eran renombrados artistas. Ningún pueblo fabricaba espadas tan flexibles, de acero mejor templado y armaduras tan ligeras. Por otra parte, eran grandes maestros en la fabricación de tejidos de seda, porcelanas, pastelería y perfumes.

También el espíritu encontraba su sitio. Hacía su nido en los jardines de Córdoba, esta Atenas de Occidente, y cantaba aquí alegremente. La biblioteca contaba con cuatrocientos mil volúmenes. Especialistas traducían al árabe los filósofos griegos. ¿Quién no ha oído hablar de Averroes, el gran cadí de Córdoba? Jurista, filósofo, médico, comentarista de las obras de Aristóteles, astrónomo, mantuvo una difícil lucha para reconciliar la teología y la ciencia. Y si de él no nos hubiese quedado más que esta frase:” La moral fundada en la esperanza de la recompensa y en el temor al castigo es indigna del hombre y de Dios; es inmoral!”, esto habría bastado para hacerlo inmortal. Orgullo y dignidad moros, nobleza de la raza, desinterés del alma indomable que no hace el bien con la esperanza de ser pagada, y que, si se niega a hacer el mal, no es por temor al castigo. ¿Cuándo podrá el hombre fundamentar su virtud y su fe en tal desinterés? Sin duda jamás, ya que jamás podrá librarse de la esperanza y del miedo.

En la corte de los reyes moros, los poetas ocupaban los puestos más elevados. No eran, como sucedía entre los bizantinos y los francos, parásitos y bufones, sino amigos íntimos de sus soberanos, sus consoladores y sus compañeros de borracheras. Eran los soldados secretos que sabían conquistar las inmortales regiones de un mundo imaginario. Un Califa le dijo a Isaa el Mossili, su poeta:

-Cuando te oigo cantar, Isaa, me parece que las fronteras de mi reino se ensanchan.

Les gustaba todo lo bueno que hay en este mundo; las flores, las mujeres, el vino. El poeta Moslem saluda de esta manera a su copa llena de vino. “Es una princesa. Su padre era mago y ella se ha hecho musulmana, pues deseaba nuestro beso. La hemos pedido en matrimonio y he aquí al alcahuete que, con un paso grave y oficial, nos la trae.

Y, al igual que todos los orientales conciliaban los contrastes que con tanta dificultad acepta el espíritu occidental: el amor a la vida, tranquilos festines, caricias indolentes y la salvaje manía de la guerra.

El poeta El Advani exhortaba así a los valerosos guerreros:”Arrójate al corazón de la batalla. Y cuando se te presente una tarea difícil, no dudes en asumir la responsabilidad.

Los jardines andaluces fueron para los místicos moros una especie de Tebaida feliz. Desde estos jardines salían para recorrer, una a una, las cinco etapas del gran viaje hacia Dios:

Primero, “la etapa de Renunciación”, durante la cual reniegan y rechazan los bienes terrenales. Después “la etapa de la Adoración” en la que adoran a Alá con humildad y desinterés, sin pedirle nada a cambio. Luego empieza el viaje hacia el cielo. Ya no se trata de seguir una teoría cualquiera, sino simplemente de vivir, caminar y obrar. Después viene la cuarta etapa, la del “Aniquilamiento”, en la que sacrifican su vida exterior e interior a Alá. Finalmente llegan a la cima de su ascensión, la quinta, “La vida que sigue al Aniquilamiento”. El hombre ha llegado ahora a la Faana. Ha realizado su unión con Dios, se ha convertido en Kotb, es decir, en eje del mundo, astro polar.

Así, durante siete siglos, los moros riegan la tierra, labran la piedra y enriquecen su alma. Trabajo perdido. Vienen las luchas intestinas, vienen los cristianos. Los jardines se marchitan y los surtidores se secan. El ejercicio del arte, el canto y el amor son considerados como pecados mortales. La media luna se pone para todos y Córdoba desaparece en la sombra para no brillar más que en la memoria y la imaginación. En la orilla del tiempo desaparece como una ola. El poeta Tarid Eddine Atar dijo: “Se ha puesto el manto de la Nada y ha bebido en el vaso del Aniquilamiento. Ha cubierto su pecho con la mantilla de la Desaparición y se ha vestido con la toga de la Inexistencia.

¿Qué queda de este luminoso lugar en las llanuras andaluzas? Un milagro: la mezquita de Córdoba, la fresca mansión de Mahoma con sus ochocientos columnas.

Llegué a Córdoba al crepúsculo. El aire era algo más fresco y se respiraba mejor. Los jardines embalsamaban, los habitantes daban su paseo vespertino por la calle principal. ¿Cómo poder olvidar jamás ese momento? Una ligera embriaguez embargaba mi espíritu. La atmósfera me pareció tibia, espesa, como si acabara de entrar en un jardín oriental. Pero pronto me di cuenta de que las mujeres llevaban un ramo de jazmín en sus cabellos.

Negras mantillas transparentes cubrían sus altos peinados mientras que sus ojos aterciopelados brillaban en la oscuridad. Movían contra su pecho frágiles abanicos. Los hombres llevaban el célebre sombrero ancho y de alas duras. Tenía la impresión de ser el espectador de un teatro en donde se representa una grave pantomima española.

Una mujer coja y bizca llevaba una fuente de higos pelados. Más parecía ofrecerlos que venderlos. Una magnífica rosa amarilla adornaba sus crespos cabellos. En una esquina, una niña de seis años miraba con codicia los ramos de jazmín que vendía una anciana. Me detuve, compré uno y se lo di a la niña. Jamás olvidaré la precipitación con que cogió las flores y se las prendió en sus cabellos antes de desaparecer por las oscuras calles. Una mujer con el rostro muy pálido se asomó a su bajo balcón. Sus labios estaban pintados, sus ojos inmensos, llevaban en la mano un abanico negro. Se inclinó, apoyó su pecho contra los barrotes y se puso a mirar a los hombres que pasaban por la calle.

Mahoma decía: “ Sobre todo, yo amo tres cosas en este mundo: las flores, las mujeres y la oración”. Pero en las noches de verano, cuando los cabellos de las mujeres están adornados con jazmines, estas tres cosas no son más que una.

Desde lo alto de una colina árida, miro hacia el norte las bajas pendientes de las montañas e intento descubrir en la sombra azul la cima afortunada en donde el célebre sultán Abderramán hizo edificar, para una mujer, a la que amaba, un palacio maravilloso, la Medina Azahara. En este paraíso terrestre vivían 6300 mujeres, 3750 jóvenes y 12.000 guardias de Corp. y eunucos. Los techos estaban construidos con madera de ciprés, oro y nácar; las paredes con mármol transparente y mosaico dorado. Los jardines se extendían hasta el infinito y cada macizo comprendía cerca de 14.000 árboles tan hermosos unos como otros: rosales, naranjos, manzanos. Bajo sus ramas se paseaban guerreros, poetas y mujeres. El poeta Amr-ben-Abul-Kabat cantaba: “¡OH rey! En estos jardines tienes que vivir y aquí es donde tienes que acoger a la Victoria y a los Vencidos, mientras que a tu derecha estará la Decisión coronada de éxito”.

Contemplo la cadena de colinas y me esfuerzo por adivinar el paraje en que se levantaba este palacio. Pero todo ha sido engullido: jardines, mujeres y filósofos. Puede que todavía quede debajo de la tierra algún brazalete, alguna copa de bronce con un versículo del Corán o alguna delicada mandíbula con pequeños dientes blancos. “Somos sollozos de carne y nadie nos oye”. Sin embargo, tenemos que continuar gritando, tenemos que rehusar someternos y, como Don Quijote, negar la existencia de la muerte. Esta noche me gusta poner en los insaciables y nobles labios de Abderramán estos versos llenos de amargura de Omar Khayyam:

Oh amada mía, ¿podremos un día ambos

conspirar contra el destino

y apoderarnos del triste plan de este mundo?

¿No lo rasgaremos entonces en mil pedazos

y trazaremos otro más conforme con la nobleza del corazón?

En Córdoba el dormir es pesado y está poblado de tormentosos sueños. Las trampas de mi espíritu se han abierto y todos mis antiguos deseos, como vampiros, se han arrojado sobre mí. Por la mañana, al despertarme, lo había olvidado todo, pero mi boca estaba amarga.

Mi primer pensamiento es para la fresca y misteriosa mezquita que me aguarda. Me baño y, descansado, recorro las pequeñas calles, con el corazón palpitando.

No pregunto el camino y marcho con seguridad como si regresara a la casa de mis padres. De pronto, altas murallas se levantan ante mí, una amplia puerta entreabierta aparece al sol y detrás se divisan naranjos de esbeltos troncos, cargados de hojas de un verde casi negro.

¿Cómo describir la dulce y tranquila emoción que se experimenta al pasar por debajo de estos árboles y al perderse en su fresca penumbra? Las columnas brillan, se diría que son fosforescentes. El abejorro debe de experimentar una alegría parecida a la mía cuando al mediodía penetra, metiendo la cabeza, en una gran rosa.

Mi primera sensación es una alegría física. Afuera, el calor era insoportable, se respiraba mal, hería los ojos el reflejo deslumbrante de las casas pintadas con cal. Pero, franqueado el umbral, la mirada descansa, las sienes se sosiegan y se tiene la impresión de zambullirse dulcemente en un océano de frescura. Y la alegría del cuerpo trae consigo la alegría del alma. Porque no se penetra ni en la ciudadela terrible de Jehová ni en la humilde choza del Crucificado, sino en la tienda olorosa y umbrosa del Profeta de la piel morena.

¡Qué alegría verdaderamente terrena, qué equilibrio entre lo humano y lo divino! La imaginación camina por la tierra. Dios no aparece aquí rodeado de relámpagos, de ráfagas de tempestad y de montañas humeantes. Ya no aparece bajo los rasgos de un pobre y no se hace crucificar en medio de los alborotadores. Viene como un cubilete de cobre lleno de agua fresca, como un pájaro, como el querido “Bulbul”, el ruiseñor oriental. Por eso nosotros tenemos siempre que estar preparados, tener el corazón puro y el cuerpo limpio. “Dios- dijo el profeta - no mira con buenos ojos al que se presenta ante El con los cabellos en desorden”. Esta es la razón por la cual Mahoma llevaba encima un peine, tijeras, aceite perfumado y un pequeño espejo.

Asimismo, esta tienda de mármol que el Profeta plantó para recibir a Dios, rebosa un tierno amor por la vida. Ni terror ni tristeza. Cuando camináis por entre las cortas y encantadoras columnas, la felicidad os embarga y estáis invadidos por una ligera embriaguez. A cada paso el corazón se hace más libre y podéis elegir vuestro camino. Pero todos los caminos son buenos y Dios está en todas partes. Estáis en Su casa y ya no os podéis perder.

La emoción que experimentáis es semejante a una música cuyo motivo, melodía infinitamente simple, está dado desde la entrada bajo la forma de dos arcos superpuestos, siendo el superior más cerrado que el otro. Este motivo se repite hasta el infinito como un eco, precisión matemática para el éxtasis, vigoroso dibujo geométrico para la imaginación. Algebra y cuentos de las Mil y una noches.

La luz y el aire entran por las ventanas cuyos cristales, cada vez que se desplaza la mirada, adquieren un nuevo color: púrpura, verde, azul o naranja. Este templo, bañado por una luz tamizado, es una visión multicolor ordenada por la larga sucesión de las columnas. Columnas claramente más pequeñas que las de las iglesias góticas y que tienen justamente la estatura del hombre. Son para él hermanas mayores hechas de mármol verde, amarillo, blanco o de precioso pórfido. Hay bizantinas, árabes y antiguas. En su parte inferior, brillan como si las hubiesen frotado, ya que desde hace siglos, innumerables fieles se apoyan contra ellas.

Jamás he visto un templo tan alegre y tan humano. Es un himno a Dios, victorioso, pero cordial. El hombre, este eterno soldado, regresa de la guerra, llevando el buen mensaje de Dios, su general. Y en la tierra, esta tienda ha sido levantada para recibir a Dios y al Hombre en el momento de la Buena Nueva.

Ante el Partenón uno queda estremecido por la sólida lógica del hombre. En las iglesias góticas, altas y sombrías selvas de piedra, el miedo os invade. Se tiene la impresión de que desde alguna parte, detrás de las columnas, como un león hambriento, el Invisible está al acecho. Aquí, en esta mezquita, la alegría desborda. El hombre pasa por debajo de las bóvedas como un conquistador. A cada paso, la sombra y la luz se transforman, las columnas cambian de sitio, nuestras hermanas de mármol se mueven a la vez, se diría que bailan, Alegría, amor a la tierra, reconocimiento hacia Alá, que creó, tan maravillosamente adaptados a las necesidades de nuestro cuerpo y de nuestra alma, los bienes terrenales: los frutos, los pájaros, la mujer y la guerra...

Me siento al pie de una columna, delante del Mihrab, el altar de los musulmanes. Aún intactos subsisten maravillosos almocárabes sobre la piedra y sobre la madera. La armonía es perfecta. En sus circunvalaciones se mezclan versículos coránicos en cristal dorado. Aquí se encontraba el Corán gigante, incrustado con rubíes y con esmeraldas que Osmán escribió con su propia mano. Era tan pesado que dos hombres juntos no conseguían levantarlo. Ha desaparecido, pero alrededor del sitio en donde estaban situadas las losas estaban gastadas, ya que los fieles se arrastraban por tierra para aproximarse a él.

Mármoles transparentes, cristales multicolores, nácares, maderas preciosas, alfombras sedosas en invierno, esteras frescas en verano...Siete mil lamparillas, ochocientas lámparas de plata de las que tres eran enormes: cada una de ellas quemaba cuarenta kilos de aceite perfumado en una noche. Hasta aquí se arrastraron, como si fueran esclavos, las campanas de Santiago de Compostela. Fueron colgadas al revés por medio de cadenas de plata y transformadas en lámparas.

Retiro el pie de la columna. Todas estas riquezas orientales me embriagan. Este alegre contacto con Dios me gusta como un cuento exótico. Se pasa a través de innumerables puertas, rojas, verdes, rosas, y se sigue avanzando sin encontrar jamás el fin...

Otros capítulos de "Del Monte Sinaí a la Isla de Venus, apuntes de viajes", de Nikos Kazantzakis:

  1. Mi compañera pantera
  2. El Monte Sinaí
  3. Panait Istrati encuentra a Gorki
  4. El Japón
  5. China
  6. España: - Avila - Toledo - Córdoba - Granada - Salamanca
  7. Shakespeare