Granada, Espana; Nikos Kazantzakis

Granada, España; por Nikos Kazantzakis

Resumen: Apuntes de viajes de Nikos Kazantzakis, versión completa. Traducción: Andrés Lupo Canaleta.

Granada

Sobre la gran puerta de la Alambra, los musulmanes habían colgado una mano abierta que recordaba a los fieles los cinco caminos que conducen a Dios: la fe, la misericordia, la oración, el ayuno y la peregrinación a la Meca.

De estos cinco caminos, yo he escogido el último. Sin embargo, ignoro en dónde se encuentra La Meca y la busco por toda la tierra. La buscaré hasta el día en que se despierte en mí la palabra luminosa de un poeta árabe: “La Meca que buscas se encuentra dentro de tu corazón.” Pero hasta ese día, erraré de país en país y cada vez que crea haberlo encontrado, mi corazón se agitará en mi pecho. Y al final del viaje, cuando haya alcanzado la meta, o bien quedaré inmóvil en el corazón de mi corazón, lleno de quietud y de felicidad, o bien- ojala mi mismo corazón no pueda consolarme y la única Meca para mí, la más segura, será la tumba. Pero mientras tanto, marchemos, seamos inquietos e inconsolables, dejémonos engañar sin cesar, edifiquemos y derribemos innumerables Mecas. Si abres mi corazón, no encontrarás en él más que un sendero pedregoso por el que camina un hombre sin esperanza.

Por esto me hace feliz mi entrada en Granada, mi paseo a través de sus calles de mil colores, mi ascensión hasta sus jardines desde donde se puede admirar la llanura y las cimas nevadas de Sierra Nevada, hayan hecho palpitar mi corazón como si por fin hubiese encontrado La Meca. ¿La he encontrado de verdad? No quiero calmar mi corazón por miedo de apagar su llama. Lo dejo “creer” un momento para que me pueda dar- limpio de todo razonamiento- toda la emoción posible. Cuando hayamos alcanzado la cumbre de la emoción será la hora de dejar a nuestro espíritu la libertad de soplar como un huracán y dispersar el maravilloso espejismo...

Cuando franqueé la puerta de la Alambra y arrojé una mirada voraz sobre el prodigio que se ofrecía a mis ojos, pensé al momento estremeciéndome:”Todas estas cosas que están ante mí- esbeltas columnas, arcos ligeros, adornos multicolores y juegos de agua-, no son más que fruto de la imaginación. Si soplo, todo se desvanecerá”. Me creía en un cuento de las Mil y una noches. Escuchaba al alma humana que, como otra Scherezade, hacía su increíble narración. Y mientras ella hablaba, la misma Muerte esperaba, impaciente por conocer la continuación de la historia. Con el oído atento, iba de columna en columna y todas las leyendas sangrientas tomaban, gracias a la magia del arte, un sentido simbólico, un aspecto inmaculado.

Subo al Castillo. Desde lo alto se divisa el maravilloso panorama de Granada, su rica llanura y a lo lejos, las montañas inmateriales. El guía, un hombre del pueblo al que todas estas bellezas ya no conmueven, me dice:

-Aquí vivían los reyes. Degustaban su vino mientras contemplaban el paisaje. Y allá abajo, en el valle, el pueblo trabajaba,

-¿Le parece que era justo?- le pregunté para confundirlo.

Reflexionó un momento y me da esta inesperada contestación:

-Si, en aquella época era justo.

Su espíritu toma vagamente la conciencia de las grandes leyes que, a cada vuelta de la historia, cambian de cara y de sentido: lo que en un momento dado es moral y legal, se convierte algún tiempo después en inmoral e ilegal.

Bajamos hacia los baños.

-El rey se bañaba aquí y la reina allá abajo- me explica-. Dejaba sus sandalias delante de esta pequeña puerta y, en este balcón redondo y de mármol, los músicos ciegos, sentados con las piernas cruzadas, tocaban. Si no eran ciegos, les sacaban los ojos.

Las letras árabes, que asemejan festones, serpientes, cadenas de cobre o flores, se entrelazan por todas partes con gracia. En una pared, se desenrolla lentamente, como víbora adormecida, esta frase: “¡Oh Califa, que la bendición de Dios sea contigo y que te dé siempre la victoria!” Sobre la fuente, cual alegre guirnalda, se alinean estas palabras: “Este manantial es la nube benéfica que cae en forma de lluvia sobre el pueblo. Así son las manos del Califa cuando, al despertarse en la mañana, distribuyen sus bienes a sus leones, los soldados”. Y por todas partes, obstinado y penetrante, a través de los ornamentos de piedra y de las flores geométricas, el grito del Corán:” No hay más Dios que Alá y Mahoma es su profeta”.

Hechizado, vago durante largas horas por el palacio legendario sin tener el valor de marcharme, esforzándome en encontrar las verdaderas fuentes de mi alegría. Sentado largo tiempo como los fieles musulmanes delante de los arabescos descubro cuáles son las tres más profundas emociones que debo a la Alambra:

La primera, la identidad de la arquitectura y de la música, identidad que ya había presentido en la mezquita de Córdoba y en el Alcázar de Sevilla. Pero aquí se me manifiesta en su forma más intensa y seductora.

El último esfuerzo de la arquitectura musulmana es el de vencer a la materia. Cuando no están reemplazadas por esbeltas columnas, las paredes están cinceladas y decoradas como alfombras de Oriente, lo que les quita toda pesadez. Las columnas son cada vez más esbeltas, los arcos ondulan aéreos, los adornos se hacen geométricos. Se da un motivo, el cual es reproducido hasta el infinito con una precisión matemática y una increíble riqueza. Los músicos-arquitectos musulmanes llenan el espacio de luz, de aire y de colores. Su temeraria meta es vencer a la materia, quitarle su pesado contenido para no dejarle más que un contorno espiritual.

En la Alhambra resulta patente que música y arquitectura se confunden y brotan de una misma fuente: las matemáticas. Igual que una melodía oriental monótona, seductora, con repetidas modulaciones, mi pensamiento ondea cuando contemplo la Alhambra. El alma se convierte en un ruiseñor que canta, escondido entre estas ramas floridas de piedra. “No hay más que un solo vencedor: Alá”. Esta frase se enrolla como una serpiente, se confunde con las decoraciones, después se pierde, misteriosa, en la sombra. Una ligera embriaguez, una especie de entorpecimiento se apodera de vosotros y esto es el comienzo del éxtasis, la esencia de la música.

La segunda gran emoción que se experimenta a la vista de la Alhambra es debida al estrecho parentesco entre la geometría y la metafísica.

Contemplando a la Alhambra es como he comprendido mejor a mis dos queridos grandes místicos: Spinoza e Ignacio de Loyola. En este palacio es donde, por primera vez, he tenido la prueba de que una idea metafísica puede ser formulada no ya por metáforas románticas o ambigüedades idealistas, sino con la ayuda de las matemáticas y de la geometría.

Tomemos, por ejemplo, un teorema de Spinoza:

“Cuando el alma examina su yo y su poder de obrar, se alegra. Y cuanto más puede distinguir claramente su yo de su poder de obrar, más se alegra”.

Uno comprende delante de la claridad geométrica de la Alhambra la profunda alegría del alma que se considera. Sigue el camino de su deseo con una extraordinaria lucidez. Y entonces aumenta de tal modo su alegría que espera el éxtasis: el umbral de todo poder.

Del mismo modo, Ignacio de Loyola conduce a sus discípulos al éxtasis con un frío razonamiento matemático. Para ver en pensamiento la Crucifixión, para identificarse con Cristo y sentir en la carne su martirio, es preciso seguirlo con una extraordinaria lucidez hasta el Gólgota, es preciso imaginarse los árboles y las piedras del camino, las gentes- jóvenes o ancianos- en sus menores detalles; el color de sus ojos, de sus vestidos; es preciso tensar el pensamiento y aguzar los sentidos hasta lo que nace lentamente y siguiendo una línea geométrica, la imagen. Solamente así, puede alcanzar el cristiano la suprema meta: ser crucificado como el Hijo de Dios.

La tercera emoción que proporciona la vista de la Alhambra es una sujeción amorosa. Se manifiesta antes que todo otro sentimiento y no es seguida de ninguna otra en el admirador superficial de la Alhambra. Reside en un nivel inferior, alimentándose de exaltación romántica y de conocimientos históricos imperfectos. Pero, en otros, esta sujeción amorosa sube de nivel en nivel y se desplaza con calma, como una teoría platónica del amor, del cuerpo hacia el alma y del alma hacia las formidables potencias primitivas- machos y hembras- que crean el mundo visible e invisible.

Hay que seguir con atención todos los juegos arquitectónicos de la Alhambra para descubrir su secreto. Todas estas maravillas no son en definitiva más que dos líneas que se persiguen. Huyen, resbalan, la línea hembra se esconde juguetona, la otra corre tras ella; se encuentran, se entrelazan, se unen, forman un círculo, descansan un momento para transformarse más lejos en un polígono; pero, bruscamente, una de ellas se evade y entonces comienza de nuevo la remolineante, angustiosa y voluptuosa persecución.

La Alhambra es el Cantar de los Cantares de la arquitectura.

“He buscado durante las noches y en mi cama al que mi alma quería; lo he buscado, pero no lo he podido encontrar... Hijas de Jerusalén, os conjuro a que si encontráis a mi enamorado me lo traigáis... Aquí está la voz de mi enamorado, he aquí que llega, saltando por encima de las montañas y brincando sobre las laderas”.

Con una angustia amorosa semejante, las eternas, las imperecederas líneas -macho y hembra- se persiguen, y partiendo de los cimientos de la Alhambra llegan hasta las cúpulas, parecidas a senos de mujer. Poco a poco, estos abrazos amorosos, al idealizarse, al perder todo acto pasional, dejan aparecer finalmente puras las dos líneas inseparables creadoras del mundo: la una, impulsión del espacio persiguiendo a la otra.

Aquí, en la Alambra, se descubre como gracias a su amorosa persecución, las dos líneas trazan los versículos sagrados. De repente, todo se aclara y se comprende que estos enlazamientos no tenían más que una sola meta: formar el terrible clamor que traspasa las paredes de la fortaleza: “No hay más Dios que Alá y Mahoma es su profeta”.

Cuando hube franqueado el umbral de la Alambra y me encontré al sol, tuve miedo. Fue como si abandonara un mundo maravilloso para entrar en otro mundo maravilloso. Ningún umbral en la tierra separa dos mundos tan diferentes. ¿Cuál es el mundo verdadero? ¿En dónde está el cuento y en dónde está la vida real? ¿Cómo conciliar la lucha cotidiana por la vida y la irreductible teoría invisible que se halla más allá de toda necesidad práctica?

En el dintel de la gran puerta, en una hornacina, se encuentra una estatua de yeso coloreado de la Virgen. Es una mujer muy joven e ingenua que lleva un niño en sus brazos. En el hueco de su cabeza, rota, las golondrinas han construido su nido. Salté de alegría al verlo. Un evangelio apócrifo dice: “Los árboles, los pájaros y las aguas nos llaman. Levanta la piedra y me verás. Corta la rama, estoy dentro.”

Desde abajo, desde la ciudad, uno se da cuenta de que la Alhambra es, en realidad, una potente ciudadela. Una tosca fortaleza construida únicamente para la guerra. Sus muros miden dos metros de espesor, sus torres en otros tiempos estaban llenos de guerreros, sus subterráneos de armas y sus cuadras de caballos. En el interior, tras estos gruesos muros, tenían efecto, sin por ello debilitar el poder de defensa, todos los juegos del amor y de la voluptuosidad.

¡Ah, si nuestra alma pudiera parecerse a la ciudadela de la Alambra!

Otros capítulos de "Del Monte Sinaí a la Isla de Venus, apuntes de viajes", de Nikos Kazantzakis:

  1. Mi compañera pantera
  2. El Monte Sinaí
  3. Panait Istrati encuentra a Gorki
  4. El Japón
  5. China
  6. España : Avila - Toledo - Cordoba - Granada - Salamanca
  7. Shakespeare